Manual de Alquimia

    Alquimia o arte. Expresar. Me gusta decirle alquimia a transformar un pedacito del alma, la consciencia o lo que sea que tengamos adentro en un pedacito del mundo material que compartimos con otros.

    Cuando podemos expresar algo de esa abstracción que sucede en nuestras cabezas, adentro nuestro, ese espacio íntimo imposible de estudiar, de comprender, y que paradójicamente es lo único que sabemos que existe, y traerlo al universo compartido con otros. Eso es alquimia. Y el resultado son cosas que tienen una parte nuestra imbuída. Energía, alma, una historia, emoción, sentimiento, intención. Cualquiera de esas cosas, o todas, son lo que distingue al resultado de la alquimia.

Hoy conocí a una alquimista

Alquimia: Intercambio equivalente. Tomar algo y convertirlo en algo más.

    Siempre recuerdo con cariño particular los días en los que conozco alquimistas. Hoy conocí a una alquimista.

    Como un enamorado eterno de la metáfora me resultó divertido que su alquimia sea la orfebrería, pulir y hacer brillar metales, porque todos sabemos que es el objeto de su alquimia el que hace brillar a los alquimistas cuando hablan de eso.

    La reconocí cuando todas las otras conversaciones se atenuaron a murmullos, y me infiltré desde lejos en su historia. Después, en otro cruce más oportuno y con la confianza de la certeza, le dije lo que no puedo -ni quiero, jamás- dejar sin decir: “Brillás cuando hablás de eso”.

    Me contó de su pasión, y como si fuera un regalo, de casualidad si eso realmente existe, expresó su camino de alquimista con una metáfora hermosa de metamorfosis: la de transformar las espinas en rosas. Corona de espinas transforma a rosa, dejé escrito en las notas del celular mientras sentía las ganas de sentarme a escribir. Quiero escribir de la metáfora de las espinas que se transforman en rosas, dice uno de los disparadores de este texto.

    Y sentí que hablé demasiado, y que solo quería escuchar. También sentí que hablé muy poco, y que quería decir mucho más. Sentí que el tiempo se apuraba mientras el sol le dejaba su lugar al viento frío y a la consciencia de mi mala elección de abrigo. Y sentí que el tiempo que me separaba de sentarme a escribir era infinito. Todas las cosas que le pasan a los aprendices que, como yo, alguna vez vivieron sin pasión, sin su alquimia, cuando conocen a una alquimista.

Éter y Espinado

“Persiguiendo el aroma de una rosa no huyo de sus espinas, con ellas me construyo una corona, que me recuerde mientras disfruto su dulzura, que el triunfo se lo debo a las derrotas”.

    En algún momento las personas volvimos a la rosa la metáfora por excelencia de la belleza. Por eso me sorprendí cuando la primera descripción que hace Saint-Exupéry en El Principito -mi libro de cabecera sobre rosas, zorros y baobabs- es que “las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden”. Claro, la primer preocupación del Principito son las espinas, también infaltables en la literatura, poesía y arte que hablan de la rosa. La rosa es lo bello, lo bueno, y las espinas nos lastiman y son lo malo, lo doloroso, que tenemos que soportar.

    Estoy enfrascado hace días en ver la bendita metáfora desde otra perspectiva. Quiero que sea un regalo para la alquimista que me despertó el fuego por sentarme a escribir. También lo siento como un desafío: ¿qué tengo para aportar yo a la metáfora que existe desde la Ilíada de Homero?.

    Y la respuesta es el corazón de esta trilogía. Escribir es mi rosa. Y la rosa es Alquimia. Las palabras, cuando están ordenadas de forma única y se vuelven una expresión de lo más profundo de alguien, de una idea, son para mí ver esa belleza. Que tiene las espinas de borrar, de tachar párrafos enteros, de levantarme enojado porque escribir es difícil, porque no me sale como quiero y no siempre tengo ganas. Hasta que encuentro en la libreta una oración que ya me había olvidado de anotar, y en el momento justo florece en una rosa. Una que tiene el color rojo intenso de la sonrisa que se me escapa de inflar el ego, el orgullo. Una que tiene las espinas de las garabatos al rededor, nacidos del mismo trazo que tacha yuyos que nunca llegaron a florecer.

    En conclusión, como si esto fuera un ensayo tremendamente serio e importante (que lo es), la Alquimia, la rosa, no es algo fácil y bello. Tampoco las espinas son su lado malo. Son un todo, como los sabores agridulces no son algo dulce y algo salado sino ambas cosas y ninguna. Son estar presente siempre, cuando cuesta y cuando no, cuando estamos solos y cuando se comparte. Como el principito domesticó, y fue domesticado por su rosa. Se tuvo que alejar, y tuvo que morir para volver a ella. Eso es la Alquimia. Y eso es un poco estar vivos.