Mis palabras

    Mi tolito, así le decía a cualquiera que quisiera ayudarme cuando era chico. Todavía me cuesta aceptar ayuda.

    Cotoióptero, dicen todos que mi primo Rafa le decía así a los helicópteros. Yo nunca lo escuché.

    River crudo, todos en la familia de mamá le dicen así a una comida que hacía la abuela. Para mí se lo inventaron post mortem, y creo que para mi mamá también, pero les sigue el juego.

    Toto, o Toti, fueron los primeros apodos de mi hermano. Se los puse yo, porque no podía decir Ernesto, y me salía Eltoto. Todavía lo tengo agendado así, aunque ese apodo ya no se usa en voz alta.

    Chamigo, juira, yaguá, gürí. Me di cuenta que esas palabras formaban parte de mi exitencia cuando Posadas ya me había quedado atrás. No las uso, pero las extraño.

    Verborrágico, con esa palabra la profe Carolina de Lengua y Literatura de segundo año me pidió que me callara en medio de una clase. “Qué verborrágico que está hoy, López”. Nadie la entendió pero todos la usaron en mi contra por bastante tiempo. Fue ella la que me hizo leer Crónicas de una Muerte Anunciada, y gracias a eso después leí Cien Años de Soledad. Una vez le escribí por facebook para agradecerle.

    Lluvia, pero pronciada así, y no yuvia. Mamá siempre usa esa palabra como lanza en su lucha por reivindicar la pronunciación de la elle, como debe ser. Es su militancia. Yo no hablo como porteño ni como posadeño. Me quedé en el medio, en lengua y en corazón.

    Jápue, una de las pocas expresiones que me vienen de los López, de mi primo Juan más precisamente. Los veo menos, a ellos y al Chaco, pero soy más chaqueño y López de lo que me gusta aceptar.

    Ahí está el dato, decía mi primo Catriel para indicar que había dado en el clavo de una idea. Intenté apropiarme de esa frase a la fuerza sin ningún éxito. También quise ser un patasucia conquistando el mundo como él, pero todavía no me animé.

    Me sorprende que mi vida, formada por palabras, frases, expresiones, me devuelva tan pocas cuando trato de recordar. La mayoría estarán ahí, amalgamadas, indivisibles de todo el resto de lo que soy. En algún cuento, en la voz de algún personaje, irán apareciendo en diálogos, en historias, como los caramelos de Samantha pero salidos de la caramelera de la casa de mis abuelos. Y yo no los voy a reconocer como propios, pero todo lo que escriba, de esa forma, va a ser un poquito de mí.