Lautaro

    La primera vez que quise escribir fue para un blog que ideamos con un amigo. La descripción de mi usuario decía “Intenté ser fotógrafo. Sólo pude amar la fotografía. Intenté ser actor. Sólo pude amar la actuación. Ahora intentaré ser blogger, y no sé en qué puede terminar.”

    Mi nombre me suena extraño, ajeno, impropio. Desde que tengo memoria comparto grupos de pertenencia con otras personas que también se llaman Lautaro, y siempre me tocó ceder el uso de esa credencial. Siempre tuve apodos: Laucha, intentando salir del lugar común; Luta, la vez que intenté adueñarme de mi destino diciéndole a todos cómo tenían que nombrarme; Misio, cuando llegué a estudiar y convertirme en adulto y todos los recién llegados se reconocían por apellido o procedencia. En un momento de mi vida llegué a conocer tantos Lautaros que hicimos un equipo de fútbol cinco con dos suplentes. Todos Lautaros. Había tres Lautaro López.

    Cuando escribo “Lautaro es…” para intentar describirme me cuesta imaginarme a mí mismo, y también sé que a Lautaro no le gusta escribir en primera persona.

    Desde muy chico Lauti aprendió a leer. Y como muchas otras cosas lo hizo con voracidad. Se volvió bueno leyendo, tanto que para la época de Luta, y de Laucha mucho más, era el designado de siempre a la hora de leer en voz alta en clase, en misa o en actos escolares. Con el tiempo, y con las redes sociales, las virtuales y las físicas, el hábito se fue perdiendo. Mucho antes de pensar en escribir nada, aunque sus cuentos en Lengua y Literatura eran los únicos que tenían algo de sentido.

    En la gran ciudad, cuando nació el Misio -que de misionero tiene solamente parte del corazón-, apareció Nico. Y la búsqueda de identidad, de ser alguien en esta vida mientras se iba convirtiendo en adulto. También apareció Lucrecia, el primer (segundo) gran amor. Y ahí si, Misio empezó a escribir.

    Fue un blog. Textos cortos, en su gran mayoría destinados a conquistar a la persona que lo iba a acompañar los primeros años de esa joven adultez. Una vez que empezó la relación y todos los demás participantes de la web perdieron el interés, esa etapa se perdió en la cotideanidad, la convivencia, las jornadas laborales y la eterna promesa de la universidad.

    Y un día, después de una de las tantas vidas de la vida, en una sesión de terapia, Lautaro volvió a encontrar en escribir algo que se sentía propio, eso que no me pasa ni siquiera con mi nombre. Y ahí, con un taller de lectura primero y de escritura después, empezó todo. Otra vez.