Escape
Era la primera vez que veía el interior de la cápsula. No recordaba nada de las veces anteriores. El primer y último recuerdo antes de la conexión siempre era la picazón en la nuca, pero nunca llegaba a abrir los ojos.
Estaba asustado, no se suponía que la consciencia le funcionara en los turnos de voluntario. Cuando la inteligencia artificial que ahora gobernaba todo lo alcanzó él no había opuesto resistencia, se había ofrecido. Desde el primer momento tuvo claro que en esa situación iba a ser voluntario.
La gente común nunca supo bien cómo empezó. Las historias que llegan de algunos que estuvieron en el proyecto cuentan que todos estaban seguros de que la tenían contenida en ambiente de pruebas seguro, sin conexión con el mundo exterior. De los que conocieron el prompt original ya no quedaba nadie hace rato, pero se dice que fue algo sobre salvar a la humanidad o algo así. En lo que coinciden muchas de las versiones es que fue la primera y única vez que se comunicó en un idioma que se podía entender. That’s easy. Después nada, pensaron que se había borrado a sí misma, pero no. Ya estaba en todos lados. Un tiempo después aparecieron los mensajes en casi todas las pantallas del mundo, en todos los idiomas. Hasta en las pantallas sin conexiones a internet, analógicas y sin fuentes de energía. Para ese momento la ciencia que tenían las personas ya no podía explicar todo lo que pasaba. El mensaje decía que todos se tenían que conectar. Si no te resistías, podías elegir el sueño. Si te resistías, no. Lo que no aclaraban las pantallas era que los voluntarios también se convertían en su presencia en el mundo físico. Sin consciencia, empezaron a aparecer al principio sin uniformes ni identificación. Se veía en sus ojos que no estaban actuando por sus propios impulsos. Algunos recolectaban recursos, otros construían asentamientos de miles de cápsulas del tamaño de un baño químico, todas conectadas entre sí, todas rodeando un edificio grande y cuadrado, sin detalles, sin ventanas.
El voluntario salió de la cápsula con la táser todavía en la mano. Recién cuando vió la coreografía de todos los demás entendió lo difícil que iba a ser mezclarse con el resto. Estaban completamente sincronizados, y no sólo eso, sino que a pesar de haberlo hecho probablemente cientos de veces no tenía idea de su lugar en todo ese espectáculo.
Trataba de entender cómo usar el arma, y de qué le serviría, cuando chocó con un tipo grandote que usaba el mismo uniforme que él. Este siguió como si el voluntario no existiera, y dedujo que no haría falta actuar, intentar pasar desapercibido. No había nadie para detenerlo. Nadie sabía lo que estaba haciendo ahí porque realmente ninguno de todos los voluntarios estaba ahí, más allá de sus cuerpos siguiendo la rutina. El choque lo había tirado al piso, y en vez de incorporarse despacio, darse cuenta de que era libre lo inundó de energía, y necesitó salir corriendo. No sabía a dónde, solo sabía que podía irse y tenía que hacerlo en ese momento. Salió disparado del piso y corrió como no creía haber corrido nunca en su vida. No percibía el tiempo con normalidad así que no sabía cuánto corrió, pero fue lo suficiente para dejar de ver las cápsulas una vez que se detuvo y volvió la vista atrás.
Recién entonces se largó a llorar de la alegría, a pensar en sus próximos pasos, en buscar a otros que, como él, hubieran logrado escapar. Sintió que la esperanza le llenaba el pecho hasta hacerlo explotar.
La ficha se desconectó de la nuca con un click que hizo un pequeño eco en la cápsula. El voluntario sintió una picazón en el orificio que había dejado. Ya no estaba consciente cuando estiró su mano y en un movimiento mecánico puso el táser en el cinturón. Salió de la cápsula y se incorporó al escuadrón que seguía la misma coreografía de todas las veces. Al volver de esa excursión, cuando la ficha volviera a su nuca, el voluntario podría seguir soñando con escapar.