Cuento sobre una contra

    La pelota pegó en el primer palo y salió. Juanma cerró los ojos y le pegó con todo lo que le quedaba, más para arriba que para adelante. La vi subir dos, tres, cinco metros. Y después empezó a bajar, como buscándome.

    “No dejes que la pelota te pegue, así no la vas a controlar nunca”. Bajarla fue lo primero que me enseñó mi viejo. Que me enseño en serio digo, porque antes practicábamos pases y cabezazos, y también me atajaba penales, pero nunca me explicaba qué hacer, cuál era la forma correcta. Una tarde me preguntó si me gustaba ir al club, si me divertía. Le dije que sí, entonces se levantó del sillón, se puso la camiseta de river directo del canasto de ropa sucia, y me dijo agarrá la pelota, te voy a enseñar a bajarla.

    El truco está en acompañarla. Si esperás con el pie quieto, estático, es como si la pelota cayera en el piso, va a rebotar. Apenas sentís el contacto el pie tiene que bajar con la pelota, absorber el impacto. Así, además, controlás la dirección, bajando el pie para el lado que te convenga.

    Caía hacia mí con una velocidad endemoniada, con la fuerza de un tractor, pero no llegaba nunca. Acompañala, pensaba. Cuando llegó, mi pie hizo lo que había hecho incontables veces en el patio y en la plaza con papá. Como el embrague que se suelta solo. Como el equilibrio en la bicicleta. Bajé el pie para atrás y giré rápido. La pelota apenas rebotó. Ahí me di cuenta de que tenía toda la cancha de frente para galopar.

    Los que nos quedábamos después del entrenamiento eramos cuatro. Ramoncito, Chelo, Mateo y yo. El Negro, nuestro profe, tenía una cosa para corregir de cada uno, y lo mío era el arranque. Sos rápido me decía, pero no podés tardar tanto en arrancar. Entonces le decía a Chelo que me abrace de la cintura y me empuje para atrás, y yo tenía que salir corriendo lo más fuerte que pudiera, avanzar dos o tres pasos, frenar y repetir. Podía estar una hora en completar el largo de la cancha, y al tercer arranque sentía que odiaba jugar a la pelota, y mucho más cuando implicaba no estar con una pelota en los pies. A veces el Chelo me soltaba y yo me iba de boca contra el piso. Él se mataba de risa por el golpe, y yo porque con eso robaba algunos metros.

    La pelota empezó a frenarse un metro, metro y medio adelante mío. Lo sentí al Chelo soltándome la cintura, y en lo que dura un recuerdo ya estaba galopando y la tenía controlada. Entre el primer toque y el segundo pispee la cancha. Tenía 70 metros hasta el arco, y el primer obstáculo era el cinco de ellos, que se había quedado de último hombre. Era un petiso morrudo, que sabía pararse y poner la pierna fuerte. No era muy rápido, solo lo tenía que pasar una vez, pero si la tiraba larga me iba a tirar con el cuerpo. Lo tenía que gambetear.

    Lean no soportaba jugar conmigo. En educación física y en los torneos del colegio jugábamos en el polideportivo, en cancha de 5. Yo venía de jugar en cancha grande, de carrilero o de lateral, así que estaba acostumbrado a la velocidad, a tener espacios. Cuando la cancha se achicaba y la marca se me venía encima me volvía un burro, y Lean, que era un mago de la gambeta, se desesperaba con verme perderla cada vez que quería encarar.

    En cuarto año, unos días antes de la final del intercurso contra quinto, me dijo que me tenía que enseñar algo, que vaya a su casa después de clases y me quede hasta la hora de educación física, así íbamos juntos. La casa era chica. Después de almorzar fuimos al patio, con piso de cemento y no más grande que mi habitación. Agarró la pelota y me mostró, sin decirme nada, lo que tenía que prácticar todo lo que pudiera hasta la final: amagar con el cuerpo para un lado y salir para el otro. Nada lujoso, complejo ni sofisticado. El amague primordial, el alma de la gambeta. Esa final la ganamos con tres goles de Lean. La técnica no me salió ni una sola vez, y me mandaron a atajar cuando uno de los intentos terminó en un gol de ellos. Después, con el tiempo, fui incorporando el movimiento. Estoy seguro que el Negro se dió cuenta, porque empecé a ser titular cuando empecé a hacerlo más seguido.

    Lo miré a la cara antes del último toque que tenía antes del momento decisivo. Él estaba concentradísimo en la pelota, como si no existiera nada más en el mundo. Buena señal. Su cuerpo iba a hacer lo que ella le indicara, y a la pelota la controlaba yo. Último toque. Él bajó su centro de gravedad, listo para el impacto. No pienses, pensé. Pie derecho firme al lado de la pelota. El izquierdo, como un látigo, por arriba. Antes de que se clave en el pasto él ya lo había comprado. Un pasaje en primera clase a bloquearme la salida por izquierda. Cuando la toco para la derecha me encargo de levantarla apenas por arriba de su pie de apoyo. Ese detalle es importantísimo. Se queda clavado. No miro para atrás, pero sé que no me persigue. Ahora todos me están mirando. Su arquero es el único que lo hace de frente.

    Desde que empecé a ser titular Juanma me dice goleador. Con ironía, claro. Él tiene más goles en el campeonato que yo y juega de dos. Tuvo suerte en un par de córners, y ahora me lo tengo que bancar. Andá a hacerle entender que el Negro me pide que siempre vaya para afuera, que tire centros, que por adentro siempre voy a tener a Enzo y a Santi para meter los goles. Es raro que los que jugamos por afuera lleguemos al área, y si llegamos las miradas y los gritos de los delanteros siempre van a reclamar un pase atrás. Por eso disfruté tanto ese jueves que Santi faltó a entrenar. Hicimos ejercicios delanteros contra defensores, y le rogué al Negro que me deje acompañar a Enzo, solo por ese día. Juanma escuchó, y sin pedir permiso se puso los guantes de Nico. Total, contra el goleador no hace falta un buen arquero. Pero me saqué las ganas. Le hice goles de todos los colores. Enzo entendió lo que me estaba jugando y me las dejaba todas a mí, y hasta me decía cómo tenía que definir, a dónde tenía que apuntar, cómo me convenía poner el pie. “Si el arquero se agranda buscá un palo a media altura, con el pie abierto”, “si se queda, fuerte y lejos de donde está”.

    Sabía que su arquero tenía las piernas fuertes y saltaba bien. Nos había sacado un tiro libre imposible y llegaba a descolgar todos los centros, a pesar de que Santi le sacaba una cabeza y media. No tenía más información. No sabía si tenía buenos reflejos, si me iba a salir o iba a esperar, si se iba a agrandar o iba a tratar de adivinar. Ya estaba a diez metros. La cabeza me iba a 120 cuadros por segundo. No pienses, me acordé. Dejá que el cuerpo haga lo que sabe, me había dicho mi viejo antes del partido. Siempre me decía no pienses, pero ese día había agregado el resto, como si supiera que lo iba a necesitar.

    No pienses. Mente en blanco. Ahí viene. Un toque más. Está saliendo. Se hace grande. Media altura si se hace grande. Estoy llegando por la derecha, tiene el palo izquierdo más abierto. Soy derecho. Cara externa, casi tres dedos. El pie se mueve solo. Papá, el Negro, Chelo, Lean, Juanma, Enzo. Yo. Y el arquero que se hace grande y ya se me está tirando encima. Siento la pelota en el botín y dejo de mirarla. Corro para el lateral. No quiero ver si la pelota entra, y mucho menos si se va afuera. Miro a la tribuna, al banco, sin dejar de correr. Trato de interpretar las caras de la gente. Algún gesto del Negro. Cierro los ojos. Pasan unos segundos. El cuerpo hace lo que sabe, y finalmente pega el grito para festejar el gol.