Cuando te alcanza
Tronco pateó la arena antes de agacharse a comer de la lata de atún en cuclillas. Lo hizo sin ningún motivo, solo para liberar la bronca que le generaba mirar al horizonte. Realmente ya no se acordaba bien cómo se veía lo que estaba allá, persiguiéndolos desde hace quién sabe cuánto tiempo.
En el grupo siempre hablaban de asentamientos con un edificio enorme en el centro, rodeados por miles de cápsulas del tamaño de un baño químico, con la forma de una pila enorme. Miles de pilas, a veinte o treinta centímetros de distancia entre sí, conectadas a las otras, y al edificio, por cables gruesos. Algunos dicen que desde lejos la estructura cuadrada, blanca y sin ningún detalle parecía un dado sin puntos. Uno dijo “terrón de azúcar” una de las noches en las que el grupo tenía ganas de hablar, que eran pocas y cada vez menos. Un terrón de azúcar enorme. Tronco lo había dejado pasar, pero Angie lo había mandado a la mierda, ¿qué argentino iba a decir terrón de azúcar?. Ni hablar de que si en algo coincidían los relatos es que solo te podías escapar de día, y de día no se veía un carajo porque las cápsulas reflejaban el sol.
El tema de los recuerdos era raro. A todos se les habían perdido cosas distintas, pero ninguno se acordaba de cómo se veían las ciudades de pilas. Ciudades, porque las ciudades de siempre ya casi no las mencionaban, entonces la palabra era más útil para refererise a los asentamientos de pilas que a las zonas urbanas que ahora estaban vacías, de gente y de cualquier cosa más o menos útil.
Tronco no se acordaba de su nombre. Le empezaron a decir Tronco porque el mismo día del ataque de furia y la trompada al tronco de un árbol caído le vieron un tatuaje en el cuello. Era un tronco. Una de las cosas que lo divertía era divagar pensando por qué se habría tatuado un tronco en el cuello, no se acordaba ni le encontraba sentido.
Angie se acordaba de toda su información, se acordaba de que se llamaba Ángeles Rocío Ledesma, de su documento y hasta del número de alumno de la última carrera que había intentado: ciencia de datos en la UBA. Las lagunas que tenía eran más raras, y al principio eran divertidas. No se acordaba de lo que eran las facturas, aunque era la más argentina entre los argentinos cuando todavía existían países y patrias. No se acordaba que los autos se arrancaban con una llave, aunque había sido fierrera desde chica, porque su tío la levantaba los domingos temprano para tomar mate y mirar fórmula 1. Tampoco se acordaba de dónde salió el cuello tejido de lana color salmón que no se sacaba nunca, pero sentía que era importante.
En el grupo había otros, pero Tronco y Angie habían llegado casi al principio, y en un momento solo quedaron ellos. Un tiempo después se sumaron a un grupo nuevo, que en realidad eran un montón de solos que llegaron a la vez al mismo lugar, así que no le dieron mucha importancia a ninguno. Al par de días varios se separaron, y para el sur siguieron Tronco, Angie y unos ocho más.
A esta altura debían estar por la Patagonia, porque el desierto había empezado hacía rato y parecía que no se iba a terminar nunca. Tronco le decía a Angie que por eso se habían ido los que se fueron del grupo, porque preferían que los conecten a más desierto. En realidad no se habían ido, sino que se habían quedado para que los alcancen y los encuentren, y cuando te encuentran te conectan, eso era lo único seguro.
— Los cagones al final la hicieron bien, si llegamos al culo del mundo nos vamos a cagar de frío y nos van a buscar igual.
— ¿Y qué querés que te diga, que te quedes?. Es al pedo pensar, si no sabemos un carajo de nada. Vamos a ir al culo del mundo y listo.
A Tronco no le gustaba admitir que Angie tenía razón en eso. Cuando se conocieron todavía pensaba que por haber estado en internet desde pendejo y haber programado un par de bots asistentes virtuales entendía lo que había pasado, entendía qué era una una AGI y por qué los quería conectar a todos. Cuando se quedaron solos, antes del segundo grupo, empezó a entender que no sabían nada, solamente que tenían una elección que no era una elección, y que el Físico habia dicho que en la Antártida no los iban a buscar. A pesar de lo seguro que parecía fue el primero en decidir quedarse, y convenció a varios más. Nunca le preguntaron si se iba a ofrecer o iba a dejar que lo conecten a la fuerza.
— Dejá de rascarte como un pelotudo y agarrá las cosas, que movemos. Parece que hizo algo con estas brujulitas del orto, así que no sé cómo mierda vamos a hacer a partir de ahora, tenemos que pensar algo.
El día que le pusieron nombre se había calentado por esa picazón de mierda. Le vieron el tatuaje cuando se corrió el pelo para rascarse la nuca. Nunca le dejó de picar, no se acordaba si alguna vez no le había picado, pero no siempre le molestaba tanto.
Las brújulas de juguete eran un problema. La AGI —Tronco le decía así, aunque ya era mucho más que eso. El resto empezó con la IA, y hace rato que no salían de la hija de puta— primero había transformado todo lo digital en antenas. No se podía confiar ni en una radio a pilas, de alguna forma se había metido en todo. Al principio habían entrado como caballos, algunas cosas quedaron prendidas y funcionando, entonces las usaron, y así los seguía y los encontraba siempre. Después pasaron a quedarse solo con cosas analógicas, pero de a poco la hija de puta iba encontrando formas de hacerlas funcionar mal, romperse o, en el peor de los casos, usarlas para confundirlos. Por ejemplo, empezó a parar los relojes cuando dormían, y a cambiarlos cuando se despertaban. Ahí fue cuando perdieron la noción del tiempo.
En las brújulas confiaban porque una señora del grupo hacía algo con el sol y los árboles, algo que había aprendido en el campo o algo así. El Físico había dicho que el magnetismo, que la tierra y la luna, que no había forma de que la hija de puta joda con eso. Pero igual chequeaban siempre con la señora antes de arrancar a caminar, y esta vez la señora dijo no, ni para allá está el norte ni para allá está el sur. Así que siguieron en la dirección del día anterior, y si no encontraban una solución antes de la próxima parada seguramente varios iban a empezar a dudar, o a confirmar lo que ya venían dudando.
— Hablé con el pendejo — Angie no solía hablar cuando caminaban, a menos que estuviera muy enojada o asustada.
— Ya le dije que mañana le cambio el picadillo, que no rompa más las pelotas.
— No pajero. Que si lo conectan capaz puede comer un asado. Que se queda, que mañana se queda y hasta se va a ofrecer.
— Por un asadito estoy para hacerle compañía eh, ni hablar de un porro y un vino.
— Todo es joda con vos. No tenemos las brújulas, no sabemos cómo cruzar si algún día llegamos. Capaz quedarse ya no es tan de cagón.
Angie lo abrazó por la cintura. Empezó a caminar más lento y a hacerle de ancla mientras trataba de no dejar escapar el llanto, ni las últimas fuerzas que se le escapaban.
— Dale, caminá, que hay que tratar de no perder la línea más que nunca. La decisión se expandía por el cuerpo de Angie como un virus y Tronco lo sentía.
— Los mensajes decían que si vas como voluntario podés elegir lo que soñás, ¿te acordás?. Y que cuando te toca salir no te acordás de nada, es como si nunca hubiera pasado toda esta mierda.
Tronco se frenó con Angie para no zafarse del abrazo. La agarró de los cachetes con las dos manos.
— Nunca lo hablamos, pero pensé que no hacía falta. ¿En serio vas a dejar que te agarren? ¿Te creés toda esa mierda? — Tronco hizo un último intento para no perderla. Sabía que lo siguiente era hacerse la misma pregunta, y sabía que si estaba solo la respuesta no le iba a gustar un carajo.
— Voy a ir como voluntaria, y voy a elegir que estés conmigo. Podemos tener algo más que arena y estas latas del orto.
— ¿Y si el sueño es un tiro y a la tierra? No le podés creer nada a la AGI, bah, a la hija de puta.
— Vos los viste a los que te vienen a buscar. ¿Por qué lo harían si no es para volver al sueño después? Ya está Tronco, no doy más.
Nunca se habían besado, Angie decía que no hacía falta, y Tronco ahora entendía que era para que este momento no sea más difícil, aunque pensó que no había servido para nada. Mientras la miraba sintió que iba a llorar por primera vez desde que había arrancado toda esta mierda.
La ficha se desconectó de la nuca con un click que hizo un pequeño eco en la cápsula. Un segundo más, y el voluntario se hubiera despertado con una lágrima en la mejilla. Antes de salir de la cápsua agarró una sierra mecánica bastante compacta que calzaba perfectamente en su cinturón. Una vez afuera, se formó con los otros voluntarios que tenían el dibujo de un tronco en la manga derecha de las remeras, todas azules.
La tropa desapareció en dirección al bosque, que cada vez quedaba más lejos. El camino solamente estaba marcado por la cantidad de veces que lo habían recorrido, siempre con la cabeza en blanco, sin un segundo de consciencia propia. Sin la capacidad de distinguir lo que estaba muerto bajo sus botas. Los huesos, las latas de comida, un cuello tejido de lana color salmón.