Cómo recorrer la casa de la abuela

    Cuando llegues dejá el auto en el playón que está al lado de la casa, al final de la calle si venís desde la Uruguay. Si no hay lugar lo podés estacionar en frente de lo de la tía Natalia, pero siempre hay lugar.

    A la casa se entra por el garage. No sé por qué nunca entramos por otro lado, siempre por el garage. Casi siempre está vacío, solamente lo usaba Rolo para guarecer el auto de rally cuando tenía algo para arreglar. Nunca vi ese auto sano.

    Cuando abras el portón de madera tené cuidado, el piso rojo de cemento alisado puede ser resbaloso, y en vez de escalón hay una rampa bastante traicionera. Claro, es un garage, no una entrada.

    A la izquierda del auto está la casa, y en frente la oficina. Por ahí se puede entrar a la casa, en el garage está la puerta que da a la biblioteca. La única vez que recuerdo usar esa puerta fue la navidad en la que Andrés me tiró con una pistola de balines en el brazo. Porque lo más común es seguir y llegar al patio. Ahí está la puerta de la oficina, que por un tiempo fue la pieza de Rolo. Tiene un bañito y la computadora.

    Si llegaste hasta ahí ahora tenés de frente el patio, y a tu derecha una mesa que solo está ahí para molestar. El patio de la abuela, porque si hay algo que es de ella es ese patio. Desde donde estás parado ahora vas a ver los jazmines y las flores de Jamaica amarillas. También el depósito, y la pileta cuadrada de cemento, pintada de celeste. El pasto va a ser el pasto más verde que te imagines, y la Coli seguramente esté tirada por ahí con sus pelos rubios, que siempre parecen sucios.

    Si querés entrar a la casa vas a ir para la izquierda. Lo primero que vas a ver es el lavadero, en el corazón de la casa, con sus puertas vaivén de madera. Del lavadero todo lo que te puedo decir es que siempre va a haber un plumero.

    Ahora podés ir para el comedor, con la mesa larga de madera, que jamás vi sin el mantel. Al lado de la puerta de entrada está la mesita del teléfono. Hay uno a disco, beige gastado, no sé si alguna vez fue blanco. Y hay otro inalámbrico, mucho más grande y cuadrado. Tiene los botones en el cuerpo, y no hay que dejar de usar internet para hacer llamadas.

    Seguro lo que estás buscando está arriba del modular, pegado a la mesita del teléfono. Agarrá una silla, porque es alto, y ahí arriba va a estar la latita de caramelos. Que nadie se entere que sabemos donde está, no sea cosa que la muevan. Si hay Butter Toffees agarrá algunos para después, pero si están los de menta rellenos de chocolate podés comer tres, hasta cuatro al mismo tiempo. Podés descansar un rato en la reposera, que está del otro lado de la mesa. Es como si a alguien se le hubiese ocurrido ponerle patas de mecedora a un sillón destinado a estar fijo. Es grande, negro brillante, con detalles en relieve. No se te pega a la piel, pero tampoco es tan cómodo si estás en cuero. Desde ahí sentado podés ver la tele, y también el altar con virgencitas, velas y rosarios.

    Saliendo al patio desde el comedor te encontrás con la pileta de un lado, y el árbol de nísperos del otro. Los que se caen no están tan buenos, pero si te subís a buscar algunos podés pasar toda una tarde ahí.

    Cuando tengas hambre podés ir a la cocina, volvé a la puerta por donde entraste a la casa, y la vas a ver a la izquierda. Igual no vas a encontrar nada ahí, pero la abuela te va a ofrecer chocolatada con cereales de chocolate, o si tenés suerte hay mazamorra o arroz con leche.

    No queda mucho más por recorrer: desde la cocina podés ir a la izquierda, a la biblioteca. Espero sea de día, porque en ese lugar no se ve absolutamente nada. Contra la ventana siempre cerrada está la màquina de coser a pedal. Esta parte de la casa es de madera, vas a ver que se siente como otro lugar. Si vas hasta la otra punta vas a ver la puerta que da al pasillo, ahí están el baño, la pieza de los abuelos y el living nuevo. En el vajillero de ese living hay escarbadientes con forma de espadas y mosquetes, que deben tener más tardes de juego que sobremesas. La entrada de la casa, la que da a la vereda, está en este living. Pero de nuevo, se entra por el garage.

    Ahora solo te queda volver al pasillo, del otro lado está la pieza que queda. Alguna vez fue de Rolo, y es donde la abuela tiraba el cuerito. Está el cuadro del ojo que da pesadillas. Y de ahí de vuelta a la cocina.

    Si te gusta jugar, imaginar historias y correr actuando como el protagonista, la casa de los abuelos es ideal. Es un laberinto, es un palacio, es una ciudad entera. Es antigua y es moderna; es grande, pero vas a encontrar rincones que parecen diminutos. Cuando tengas hambre va a haber comida, y a la siesta silencios que no hay en la ciudad.

    Cuando te vayas pegale una última mirada, y decile chau. Es posible que en algún momento esa casa ya no esté más, y en su lugar haya una caja de cemento de dos pisos, a la que no se entra por el garage.